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Información y actualidad
Las piedras de La Solana es un lugar abrupto, formado por tres piedras gigantes que debieron servir, con toda seguridad de refugio musulmán, por el hallazgo de restos de cerámica, tumbas con ajuares, etc. haciendo la función de castillo natural.
Cuenta la leyenda. Se sitúa en el ultimo cuarto del siglo XV, cuando Alamedilla y otros municipios de los Montes Orientales se convirtieron en la última frontera, al norte, del Reino de Granada. La situación de estos territorios fue imprecisa y municipios cercanos como Galera y Castilléjar decidieron pasarse al bando cristiano por estar en desacuerdo con la llegada al trono de Muhammad IX tras la muerte de Yusuf IV, abuelo del príncipe almeriense Cidi Yahya al-Nayyar, con quien comienza nuestra leyenda. Cuentan que un familiar adinerado del citado príncipe almeriense, bien relacionado con los Reyes Católicos, era contrario a su primo Boabdil y había recibido la noticia de que los cristianos iban a iniciar una ofensiva definitiva contra el reino y que para poder protegerse él y a su familia debían viajar cuanto antes a Almería. Ya de camino, portando en mulos y caballos sus propiedades más valiosas, a pocos kilómetros de su casa, fueron asaltados por bandidos, que pasaron a todos a espada y cuchillo.
La escabechina fue tan grande y el botín tan enorme, que el propio Boabdil pidió que se investigaran los hechos y se persiguiera a los culpables. Los bandidos fueron pronto localizados y ajusticiados públicamente, pero del botín nada se supo, aunque todo el mundo apuntaba a que podía encontrarse en las Piedras de la Solana. En junio de 1901, en Haza del Peñoncillo, en la Cortijada de El Peñón, junto a las Piedras de la Solana, la propietaria del haza bajaba como todas las tardes desde hacía más de una semana desde el cortijo con la comida para los segadores, consistente en gazpacho aguado, puchero de garbanzos y algo de tocino. Su marido y su hijo mayor trillaban y aventaban el grano en la era de arriba, mientras ella cargaba los haces que le dejaban los tres segadores que habían contratado y los llevaba hasta la era. Sin embargo, esa tarde sería diferente, ya que Antonia no encontró a los tres segadores. Todo estaba en orden, pero sin rastro alguno de personas. Alertados todos los habitantes del cortijo, dieron una batida de búsqueda, sin resultados. Se avisó también a la Guardia Civil de Alamedilla, que tras investigar el caso lo dio por cerrado al no encontrar signos de violencia. Nunca más se supo de los tres segadores hasta que en el verano de 1932, en Haza del Peñoncillo, José López, agricultor de Alamedilla, cuando se encontraba con la azada abriendo camino para que el agua de la acequia llegara bien a todos los sitios, vio acercarse a un hombre mayor a caballo. José lo saludó y el hombre a caballo hizo lo propio. Después bajó de la cabalgadura, cogió de las alforjas una bota de vino y ambos bebieron y charlaron durante un buen rato. José López nunca recordó el nombre de aquel hombre, pero lo que sí quedó grabado para siempre en su memoria es la historia que le contó:
-Mis dos hermanos y yo éramos jornaleros. Huérfanos desde pequeños, nos dedicábamos a trabajar en el campo y en el verano de 1901 bajamos hasta la Cortijada del Peñón para segar. Allí nos cambió la vida para siempre, dijo mientras miraba las Piedras de la Solana. Segundos después siguió con su relato: -Yo había bajado a la fuente a por agua y cuando subía hacia el haza vi que mis hermanos me hacían gestos con la mano, como si persiguieran algo. Justo en ese momento un cabritillo montés salió de la cebada y pasó junto a mí como un rayo. Solté el cántaro y corrí tras él todo lo que pude, pero cada metro mío eran cinco del veloz animal. No lo hubiera cogido nunca. Sin embargo, lo vi meterse en una especie de cueva, corrí hasta la entrada de ella y esperé a que llegaran mis hermanos. Más que una cueva parecía un agujero. Decidimos penetrar en aquella gruta con la esperanza de que el animal estuviese allí escondido y ascendimos hasta llegar a una especie de sala ovalada muy poco iluminada. No encontramos ni rastro del animal, aunque algo nos llamó la atención. Todo el suelo era de roca, pero en el fondo de la cueva había sobre el suelo una especie de entarimado de madera. Lo pisamos y la tarima cedió, atrapándome el pie. Lo saqué con cuidado y empezamos a retirar las maderas, dejándonos sin respiración lo que encontramos bajo ellas. Allí había vasijas y platos de oro y plata, cofres llenos de monedas de oro, joyas con piedras preciosas y muchas cosas más. Nos asustamos al ver todo aquel tesoro y nos escondimos dentro de la cueva, esperando hasta la madrugada. Salimos con todo lo que pudimos cargar en nuestras camisas a modo de sacos y antes del amanecer fuimos río abajo hasta Alicún de Ortega. Allí compramos tres mulos y tres caballos con parte de una vajilla de plata. Cargamos todo lo que llevábamos en las alforjas y nos fuimos lejos para no levantar sospechas. Después de un tiempo prudencial decidimos volver a la cueva para tratar de llevarnos el resto del tesoro, que era mucho, pero por más que buscamos la entrada a la cueva jamás la encontramos. Fue entonces cuando optamos por repartir lo que sacamos la primera vez y cada uno hizo su vida.
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